Carta abierta al Presidente
Por: Julio César Londoño
Cinismos aparte, señor presidente, no creo que el negocio de sus hijos con los lotes de Mosquera sea moralmente censurable.
Por el contrario, aplaudo que esos muchachos den el salto al sector de las inversiones en lugar de andar vendiendo manillas por ahí como cualquier hippie, rebusque a todas luces incompatible con la majestad de la Presidencia. Tampoco me parece mal que haya nexos entre funcionarios de la Casa de Nariño y DMG, porque al fin y al cabo las pirámides son una suerte de oficinas de responsabilidad social del narcotráfico. Mafiosas y lo que se quiera, pero responsables socialmente. Hasta donde alcanza la vista, las pirámides son las únicas empresas accionarias que distribuyen sus utilidades entre los socios. Las demás distribuyen llaveros, gorras y revistas con áridos balances que nadie lee ni entiende.
Lo que pasa es que la oposición respira por la herida y no soporta la idea de tener que seguir ayunando hasta 2014 o hasta que la Constitución aguante. Pero no les haga caso, Presidente. A los colombianos de bien no nos importan los incisos, ni que usted haya jugado bolas con los Ochoa, al fin y al cabo la infancia es la edad del popis y de la inocencia.
Los que le enrostran la inseguridad urbana se olvidan de que los índices de criminalidad en nuestras ciudades están por debajo de las cifras de Afganistán, Irak, Birmania, Uganda, Mozambique y Somalia. Sí, la seguridad democrática presenta hondas fisuras en el campo y en las ciudades, pero el resto del territorio nacional está tan blindado como nuestra economía.
Ahora han vuelto a la carga por la absolución de sus ministros en el caso Yidis-Teodolindo y repiten esos chistes viejos de que un co-hecho sin contraparte es como un triángulo pasional entre dos. No les haga caso, Presidente.
Le critican que no haya aprovechado los años de bonanza para ahorrar ni para redimir la deuda ni para paliar siquiera de los graves problemas sociales del país, pero olvidan que si la situación del mundo cambió repentinamente no fue por su culpa, sino porque a los millones de emergentes de China, India y Brasil les dio, de repente, por comer como endemoniados. ¿Quién podía prever semejante escenario?
Le enrostran que su bancada está a la sombra pero callan, miserables, una verdad de a puño: las responsabilidades son individuales siempre, incluso cuando los escándalos salpican a toda una colectividad.
Dicen que los sabuesos del DAS son tan compulsivos que hasta su director está “chuzao”. Puro gadejo, señor, si parar la oreja es un derecho constitucional básico. Un servicio de seguridad que no chuce no es servicio ni es seguro.
Le reprochan que le meta la mano al DANE, esa guarida de terroristas, como las Cortes, como Human Rigths Watch, como los demócratas, como la Corte Penal Internacional, como la revista Semana, como el Parlamento Europeo, como la Iglesia, ¡como Latinoamérica toda!
Han llegado incluso a compararlo con Hugo Chávez. Dicen que ambos odian la prensa, que ambos son belicistas, bocones y folclóricos, que ambos usan la Constitución como papel toilette y socavan el juego de contrapesos de la democracia. ¡Funámbulos!
Le critican que le haya apostado a Bush en las últimas elecciones del Imperio. ¡Como si fuera tan mamey prever que un negro de ascendencia musulmana iba a ganar en el país de los cuáqueros y la Asociación del Rifle!
Ahora quieren achacarle la culpa de que los parapolíticos controlen por lo menos diez departamentos clave del país, pero callan, cobardes, la otra cara de la moneda: Pradera y Florida están a salvo, en zona roja, sí, pero a salvo.
No les haga caso Presidente, la historia lo absolverá. José Obdulio y yo ya estamos trabajando en el primer volumen.
domingo 9 de agosto de 2009
Humor sacastico del bueno
Desempolvando algunas columnas de El Espectador, encontré en medio de un monton de basura a un columnista que escribe verdaderas joyas: Julio César Londoño. La siguiente es quizás mi favorita:
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